domingo, 28 de agosto de 2011

Un instante del verano y Winnie Pooh


Elegir la imagen de las vacaciones no me tomó mucho tiempo. Enseguida escogí una foto en que Guillermo me retrata por la espalda. Miraba yo la luna con una bellísima tarde de escenario y estaba sorprendida de los trazos que habían dejado las nubes como si fuera el vestido de gasa natural que portaba la luna llena de julio. Al momento de captar la imagen, me encontraba sentada con Felipe, el hermano de Guillermo. Ninguno de los dos nos dimos cuenta del instante en que se tomó la foto. De ahí que me pareciera valiosa por espontánea y poco estudiada.
Antes de animarme a escribir sobre la imagen, pensé que alguien sobraba y decidí que era mi cuñado, que yo era la verdadera protagonista de la historia. Así que utilicé un programa para borrar a mi compañero, y de paso, intensificar el tono del cielo. Magia, se fue. En eso, comparé las dos fotos y me avergoncé. Toda la espontaneidad que la imagen tenía, me la comí de un bocado. Vaya trampa, era evidente que estaba mintiendo y adulterando el relato. Que manía por manipular - ¿perfeccionar? - las cosas. En eso, me di cuenta de algo más poderoso que mi propia fascinación por el cielo. Detecté que los dos personajes que salimos en la foto, estamos mostrando la forma tan particular como solemos adentrarnos en nosotros mismos. No estamos juntos, no hablamos, no nos miramos, sin embargo nos acompañamos. Cada uno, absorto en su propio mundo. Increíble. Recuerdo que alguna vez, un amigo me hizo notar la forma como los personajes de Winnie Pooh interactúan. Me comentó que en ningún momento se miran a la cara, que la gracia que tiene Tigger, Pigglet, Igor y compañía era que se internaban constantemente en sus propios pensamientos y no tenían más intención que hacerle la vida dulce al prójimo. Como diciendo: “es tan rico mi mundo, que no tengo tiempo de fastidiarte el día”. Qué gusto parecerme a ellos aunque sea por un instante. Este instante del verano.

Ana Barberena

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