martes, 18 de octubre de 2011

Visión desde el fondo del mar


Un mapa, un paisaje, una concepción del mundo, un diario, una radiografía. El ejercicio que estamos elaborando sobre Visión desde el fondo del mar nos confronta e inevitablemente nos hace reflexionar. Habemos quienes nos inclinamos a hacer mapas mentales que ordenen el cúmulo de ideas que genera un libro como este y habrá quien elija el ensayo como medio de expresión.
La semana pasada tuve la oportunidad de compartir mi propio mapa y ver la forma tan variada como cada una de nosotras está elaborando su trabajo. Lo que es una constante es que el libro que nos tiene atrapadas, gozosamente atrapadas.
¿Qué me dice el naufragio?, ¿a qué me remite el juego, el azar? ¿Cuánto de lo que leo me recuerda a alguna experiencia personal? Hay tantas formas de compartir como maneras de pensar. Todo depende de nuestros personalísimos recorridos. Venga, a navegar.

Ana Barberena

sábado, 3 de septiembre de 2011

El arte nos golpea


La Femme qui chante

El arte nos revela el verdadero sentido de la vida.

Recuerdo muy bien la frase de  un maestro de Arte que tuve hace muchos años “-El arte nos golpea-” era la primera clase del ese curso de maestría que tomé y fue de esas frases que yo apunté en mi cuaderno, pues al venir de un mundo de la mercadotecnia y la administración  mis estudios de posgrado en Humanidades me obligaban a escribir aquello que no entendía, escribía las palabras que consideraba debería repasar para comprender o bien, apuntar los autores que citara el maestro para ir formando mi biblioteca, EL ARTE NOS GOLPEA repetí perpleja… alcé la mano al final de la exposición y le pregunté al profesor porqué decía eso. Me contestó que el arte está en muchas partes de nuestra vida cotidiana y que cuando abrimos nuestros sentidos ahí está para sacudirnos, para estremecernos y recordarnos que la realidad es sólo un velo aparente, las obras de arte nos golpean para revelarnos esos acertijos de la vida, para darle el sentido a todo lo absurdo que nos rodea, puede ser en el momento más inesperado; un muro con  graffitti, un cuadro, una escultura en una plaza o en una novela que nos prestaron.

 Esta noche el golpe fue cuando ví la película “La Mujer que cantaba” Incendies del cineasta canadiense Denis Villeneuve 2010 y cuyo estreno  fue en este año, nominada para la mejor película extranjera, muy bien acogida por los críticos. Una historia que aparentemente sigue el curso del eterno retorno pero que en su complejidad funda una nueva dimensión para decodificar las guerras y conflictos que han azotado en las últimas décadas a la humanidad. Un llamado a repensar el amor en su dimensión de fundamento de lo humano, a reflexionar sobre la dicotomía que hay entre la religiosidad y las ideologías. Llevada a la pantalla con una mirada artística que nos revela entre las ruinas y despojos el perdón, esa reinstauración de la dimensión amorosa, como dice Yankelevich, pero que también resalta la fuerza de voluntad de una mujer que siendo víctima de los abusos más brutales no se cansa de creer en el amor y de la responsabilidad que conlleva. Apostar por la vida en su más elemental fibra y desde ahí confrontar las ideas para volver a ser hermanos, a ser prójimo en el sentido sacro. Una película cuyo final queda abierto a una nueva era con una cinta musical casi mística.

Los lugares en que se desenvuelve la historia implican el mundo contemporáneo y el mundo mítico a la vez, Tierra Santa y Canadá. La guerra de Palestina, Edipo, el fundamentalismo, Rómulo y Remo, en fin cargada de símbolos y de Historia pero narrada con un lenguaje de hoy.

¡No se la pierdan! , yo la ví en el cine Lumiere de Reforma.

Angélica Breña.

martes, 30 de agosto de 2011

De repente en el verano


Como muchas de mis amigas, yo también soñaba con pasar el verano a la orilla de la playa, recostada en una hamaca con un buen libro en la mano. Descarté el sueño porque en realidad lo que más deseaba era deshacerme de mi cocina, un espacio oscuro y anticuado que cada día me parecía más feo. Mientras guisaba me sentía atrapada entre paredes de mosaico verde oscuro con un toque marmoleado y muebles de estilo Early American con balaustradas que sólo servían para atrapar polvo y llaves sin dueño.

Como quien se echa un clavado en agua helada, cerré los ojos, saqué la chequera y puse manos a la obra. Despegar mosaicos y desmontar los muebles de una cocina es cuestión de pocos días, la verdadera complejidad empieza cuando a lo largo de cuatro semanas distintos trabajadores se esmeran por nivelar el zoclo, mover la tubería, aplanar las paredes, emparejar el techo, alisar el yeso, cambiar los contactos, mover las lámparas y sacar costales y más costales de desperdicio, mientras el timbre suena sin cesar.

El proveedor prometió que la nueva cocina estaría lista en seis semanas. “Ni se preocupe de la instalación”, me dijo el vendedor, “es un proceso muy rápido y sencillo”. “¿Y la cubierta de Corian?” pregunté, “ni se preocupe, es rapidísimo colocarla, más fácil que si fuera de granito”. Él sonaba muy convincente y yo quería creer que así sería el proceso. Firmé el anticipe y me entregaron un contrato con las guías mecánicas; ahora veo que olvidaron darme un gran frasco de Pasiflorina y un par de tapones para los oídos.

Los muebles llegaron a tiempo, pero la instalación no fue ni rápida ni limpia ni sencilla. Durante una semana movieron, colocaron, nivelaron, quitaron y volvieron a colocar cada mueble como si fueran piezas de un rompecabezas que no terminaban de encontrar su justo lugar. Luego llegaron grandes trozos de Corian “en bruto” que dentro de mi cocina recién pintada fueron cortados, lijados, pegados y vueltos a lijar hasta lograr que la cubierta tuviera la suavidad y tersura prometida. Del ruido estridente prefiero no acordarme y mis vecinos tampoco. A pesar de todas las precauciones que tomé sellando todo con plástico y masking tape, el polvo parecía escurrirse por debajo de puertas y cajones, así que al final de cada día siempre había algo que lavar, aspirar o sacudir.

Nada es eterno y a mediados de agosto se fue el último trabajador. Volvió la paz a mi hogar y la tranquilidad a mi espíritu. Pude terminar de leer a Stephen Zweig y disfrutar una novela sencilla de María Dueñas, con la felicidad de haber recuperado mi espacio culinario. De repente en el verano entendí que para que las cosas mejoren… ¡antes tienen que empeorar!

Elvira Herrera

domingo, 28 de agosto de 2011

Un instante del verano y Winnie Pooh


Elegir la imagen de las vacaciones no me tomó mucho tiempo. Enseguida escogí una foto en que Guillermo me retrata por la espalda. Miraba yo la luna con una bellísima tarde de escenario y estaba sorprendida de los trazos que habían dejado las nubes como si fuera el vestido de gasa natural que portaba la luna llena de julio. Al momento de captar la imagen, me encontraba sentada con Felipe, el hermano de Guillermo. Ninguno de los dos nos dimos cuenta del instante en que se tomó la foto. De ahí que me pareciera valiosa por espontánea y poco estudiada.
Antes de animarme a escribir sobre la imagen, pensé que alguien sobraba y decidí que era mi cuñado, que yo era la verdadera protagonista de la historia. Así que utilicé un programa para borrar a mi compañero, y de paso, intensificar el tono del cielo. Magia, se fue. En eso, comparé las dos fotos y me avergoncé. Toda la espontaneidad que la imagen tenía, me la comí de un bocado. Vaya trampa, era evidente que estaba mintiendo y adulterando el relato. Que manía por manipular - ¿perfeccionar? - las cosas. En eso, me di cuenta de algo más poderoso que mi propia fascinación por el cielo. Detecté que los dos personajes que salimos en la foto, estamos mostrando la forma tan particular como solemos adentrarnos en nosotros mismos. No estamos juntos, no hablamos, no nos miramos, sin embargo nos acompañamos. Cada uno, absorto en su propio mundo. Increíble. Recuerdo que alguna vez, un amigo me hizo notar la forma como los personajes de Winnie Pooh interactúan. Me comentó que en ningún momento se miran a la cara, que la gracia que tiene Tigger, Pigglet, Igor y compañía era que se internaban constantemente en sus propios pensamientos y no tenían más intención que hacerle la vida dulce al prójimo. Como diciendo: “es tan rico mi mundo, que no tengo tiempo de fastidiarte el día”. Qué gusto parecerme a ellos aunque sea por un instante. Este instante del verano.

Ana Barberena

viernes, 19 de agosto de 2011

Reanudamos nuestra conversación

¿Se han dado cuenta que la palabra
reanudar
tiene lo suyo? Volver atar, renovar, continuar el trato. Y en esto de continuar lo que se suspendió, debemos reanudar las palabras y memorias de cada una de nosotras.
Las invitamos a hacer un ejercicio de escritura para nuestro primer encuentro que se llevará a cabo a partir del lunes 29 de agosto. Se trata de fomentar la creatividad y compartir entre todas algo de lo que vivimos estos dos meses.
La invitación es traer una o varias fotografías escritas. Seguramente capturaron momentos especiales con su cámara, ipad o celular en este verano pues hay que ponerles palabras que estén dentro de oraciones y juntas formen párrafos; pueden ser instantáneas (snapshots) o pequeños relatos, o narraciones, según les apetezca, ilustrénlas con imágenes que estén en su disco de memoria.

El sol se había cansado de intensear y las nubes aprovecharon para colgarse del cielo como en una hamaca , de camino al Norte, al otro lado, la carretera se convirtió en una flecha tan derecha como veloz, era invariablemente recta, permitía que uno se desplazara rápidamente partiendo el territorio en una paralela al infinito. ¿Llegarán a juntarse las dos líneas, las dos realidades? Una de ellas es la ciudad de Saltillo que, junto con su hermana mayor Monterrey permanece silenciada , las rozamos rápidamente para seguir de frente, cruzar la frontera antes de las 3 pm, ¿Hay hora para cruzar fronteras?

Angélica Breña
(corte 1)

viernes, 24 de junio de 2011

Somos cuerpo


Diferentes estudios revelan la alta incidencia de determinadas enfermedades relacionadas con un mismo tipo de personalidad. Quizá la gente que ha ejercido el control durante muchos años, almacena un rigor que no guarda aquél de carácter ligero. Probablemente los iracundos dañen determinados órganos de manera importante a diferencia de aquellos que no expresan sus emociones. Lo interesante es la manera como nuestro cuerpo contiene, registra e, irremisiblemente, nos cobra la factura.

El día 17 de octubre pasado, mi esposo y yo, en compañía de nuestros compadres, estábamos pasando unos días en Kohunlich. Después de cenar, nos fuimos a nuestra habitación para descansar y poder levantarnos temprano al siguiente día. En el momento en que nos disponíamos a ir a dormir, noté en mi esposo una actitud totalmente distinta. La clave me la dio su uña; había desaparecido a la mitad. Se la había comido, acto poco común en él. A partir de este hecho le pregunté qué le pasaba y me dijo que nada. Insistí, y conforme él enunciaba sus “nadas”, yo me iba angustiando, como si predijera una catástrofe. En tono cortante, me sugirió que nos fuéramos a dormir. Le advertí que la ansiedad no me dejaría descansar y que seguramente tendría pesadillas. Con la urgencia que él tenía por suspender la conversación, no pude remediar mi estado de desasosiego.
Y así sucedió; a la mitad de la noche, inmersa en una pesadilla y con la angustia de no saber lo que sucedía, brinqué de la cama para dar un gran paso, que fue impedido por un buró de esquinas afiladas. El resultado fue una herida larga y profunda por debajo de la rodilla. Con gran dolor y rabia, le reproché su responsabilidad en el incidente. Del modo aparentemente más absurdo, le recriminaba: ¡tú hiciste que me pegara! Él, con gran desconcierto y conservando el modo distante, se limitó a encender la luz y esperar a que se me pasara.

A partir de ese día, me di cuenta de que algo había cambiado entre nosotros, algo se había roto. No es hasta ahora que sopeso lo mucho que significó el accidente. De la forma más física y real, nuestra separación quedó marcada en mi cuerpo. Nunca más volvimos a hablarnos igual, nunca más logré que nos acercáramos. Probablemente, la distancia se había iniciado tiempo atrás provocada por diferentes visiones de la vida y nuestras irreconciliables aficiones. ¿Cuándo es que una pareja deja de ser pareja? Seguramente es algo que se cuece a fuego lento pero, si uno pone atención, siempre hay pequeños episodios reveladores que marcan pautas. Un único suceso puede ser la demostración patente e irreversible de que algo se ha roto. Es una especie de fallo, de veredicto. Lo que más me impresiona es nuestros cuerpos hablaron más allá de nosotros mismos: su uña, mi herida, mi incansable psique.

Va pasando el tiempo – exactamente cuatro meses - y a pesar del dolor que ha conllevado la separación, me he dedicado a no descuidar los pequeños rituales que me van fortaleciendo, y evito todo aquello que me daña, me entristece o me aburre. Cuido mi sabio cuerpo. Lo que tomo más en serio y hago a diario es untar con aceite la cicatriz que me quedó tras el accidente. Busco que la marca se vaya atenuando cada día un poco más frotándola con suavidad. Nunca va a desaparecer, pero debo mimarla, más aún sabiendo cuanto de esto tiene que ver con mi propia recuperación emocional.

Qué poco procuramos nuestro cuerpo. Esta tradición judeocristiana lo ha desdeñado desde el origen y nos ha provocado una aparente desconexión. Por duro que sea admitirlo, somos cuerpo. Todo lo que pensamos, hacemos y soñamos nos remite a nosotros mismos. Quizá si le diéramos el verdadero valor que tiene esto que los griegos llamaban soma, podríamos dejar de inventar tantos mundos de lo invisible. La sabiduría no está nada lejos. Está aquí y yo la llevo en cada rinconcito de mi andar por este mundo.



Ana Barberena
17 de febrero de 2008

Dos minutos cambiaron mi vida

“Tienen que desocupar el edificio en las próximas horas”. De manera cortante, sin mostrar sentimientos ni empatía alguna por los aterrorizados condóminos que le escuchábamos, el ingeniero especialista en estructuras rindió su dictamen. Sentí que las piernas se me entumían y -- raro en mí -- me quedé sin palabras. Subí a mi departamento y recorrí pausadamente cada cuarto. En una habitación la luz se colaba entre los ladrillos, en otra la pared había estallado y por el hueco podía ver la casa del vecino. Preferí recordar el departamento tal y como lo estrené dos años antes: Un estudio con un gran ventanal… el rincón preferido donde sentarme a leer horas sin fin; un fabuloso costurero – bueno, en realidad era el cuarto de servicio, pero yo tampoco era Coco Chanel – donde me sentaba a coser los nuevos vestidos para el próximo crucero; una cocina muy amplia con más libros de recetas que tiempo y habilidad para cocinar. Todo se vino abajo en dos minutos el 19 de septiembre de 1985. Ahora mis libros, las telas y patrones, los planes de viaje y los recetarios habían perdido toda importancia.
La muerte no me era ajena, pero morir bajo los escombros de la casa que debía darme protección y abrigo resultaba una ironía. En ese momento todo lo material perdió su valor y entendí que sólo la vida es irremplazable -- ¡una lección importante!
Decidí que sólo me llevaría lo que cupiera en una pequeña maleta. Una sudadera suave y afelpada para cobijarme; una fotografía de mis padres para nunca olvidar mis raíces; unas cuantas alhajas y un libro de Oriana Fallacci que no había terminado de leer.
Los días subsecuentes fueron de zozobra e incertidumbre. Un segundo ingeniero revisó el edificio y su dictamen fue diametralmente opuesto. “Ni se preocupen, el edificio es muy seguro. Regresen de inmediato”. Eso es lo que queríamos escuchar para recuperar nuestra vida cotidiana.
Siguió temblando, pero empecé acostumbrarme y cada día me asustaba un poco menos con los movimientos y el tronar de los ventanales pasaba casi inadvertido. Pocos meses después el vecino del 5º. piso me invitó a cenar. Entre un queso y una copa de vino me propuso una idea brillante que en dos minutos cambió para siempre nuestras vidas: Vender los departamentos y casarnos. Vinieron a mi mente las palabras de mi madre: “Todo tiene su momento y su lugar”.


Elvira Herrera